Cuando un paciente presenta síntomas o factores de riesgo, además de los exámenes físicos de rutina, los siguientes estudios pueden ser útiles para diagnosticar el cáncer gástrico.
En un
análisis de sangre oculta en materia fecal, se utiliza una sustancia química para analizar una pequeña cantidad de heces del paciente. La presencia de sangre oculta en las heces puede ser indicio de un crecimiento maligno, aunque puede haber sangre oculta en las heces sin que exista cáncer.
En un procedimiento con
ingestión de bario, el paciente bebe un líquido que contiene bario. Este líquido recubre el esófago y el estómago, y hace visible en la radiografía cualquier crecimiento anormal. A menudo se utiliza una técnica de “doble contraste”, en la que una vez que el paciente ha bebido el líquido con bario, “traga” un tubo por medio del cual se bombea aire al estómago. El aire hace más delgada la cubierta de bario y eso permite que muestre mejor las zonas de crecimiento inusual. Este procedimiento se conoce como radiografía del tracto gastrointestinal superior con bario.
En una
endoscopia, se hace pasar un tubo delgado y largo por la garganta y el esófago del paciente, hasta hacerlo llegar al estómago. El médico utiliza un tubo, o endoscopio, para observar de cerca si existe algún crecimiento anormal. Si hay alguno, se puede realizar una biopsia. Mediante este procedimiento, se extrae una porción de tejido y el patólogo lo examina con el microscopio. Las biopsias pueden determinar con precisión si existen crecimientos cancerosos.
La
ecografía endoscópica utiliza un dispositivo tecnológico de ultrasonido en el extremo del endoscopio. En la
ecografía se utilizan ondas sonoras inaudibles que se dirigen a los órganos internos, rebotan y crean una imagen del interior del cuerpo.